Música, caos y la aceptación del cisne negro

Esta página es un experimento contínuo. Se trata de escribir un ensayo sobre el desarrollo de la música, el arte sonoro, como muchos entendemos hoy en día que la música del futuro habria de denominarse, y de las fuerzas biológicas y genéticas que no dejan paso a tal desarrollo.

 

Para comprender este artículo habría que comenzar con la frustración que me provocó el sumergirme en Spotify, en las posibilidades al parecer sin límites que esta plataforma musical ofrece. Entre algunas de las ofertas que ofrece a los clientes de pago se encuentra el poder oír las listas de ventas de innumerables países alrededor del mundo. Con exclusión de Australia y África. Ambos continentes parecen no existir en la cultura musical mundial. La música de la peninsula arábica también brilla por su ausencia. Las razones para ello pueden ser variadas: la poca importancia económica de estos mercados, el aislamiento en que se encuentran, la extrañeza de los habitantes de otros recodos del mundo hacia estos continentes. 

 

Otro interés en la música fué el encontrar lo que cualquier fan del correr se habría siempre deseado: una música que se encontrara complemtamente en el ritmo de la velocidad deseada: 170 pasos por minuto, 175, 180....190 parar los incansables, 200 para los que no encuentran ninguna frontera. Un ritmo acompasado al paso de los pies. Antes de conocer esta posibilidad me había alegrado ante la imaginación de encontrarla. Y al hacerlo, el aburrimiento me invadió. He podido acompasar mis pasos de corrida a esta música, o ella se ha acompasado a mi velocidad. Pero el simetrismo mecánico de ambas me ha llevado al enervamiento, al reconocimiento del aburrimiento incluso en los momentos en los que habría querido llevar a mi corazón a unas llanuras aún desconocidas. Pero al parecer muchoas parecen necesitar estas llanuras de la regularidad. 

 

Mi interés por la música de otras culturas se encontraba en encontrar estructuras musicales y sonoras que salgan de la normalidad. De lo que hemos escuchado desde hace siglos, y de lo que la industria musical ha querido imbuirnos como "cultura" desde hace cincuenta años. El resultado fué catastrófico. No encontré nada nuevo, nada que me hiciera creer que el sentimiento musical fuera otro, más avanzado, que lo que habían oido nuestros ancestros. Por el contrario: la sencillez de lo escuchado me ha retrotaido a volver a escuchar música clásica de hace doscientos años, que al menos muestra mayor complexidad rítmica, armónica y melódica de lo que alimenta actualmente al noventa por ciento de la población actual. 

 

A pesar de esta omisión que encontrará un intento de explicación en las próximas entregas, lo que me desmoralizó por completo fue la normalidad, la estandarización de sonidos en las listas de venta tanto en Europa (desde Italia hasta Suecia), en Estados Unidos hasta llegar a Taiwan. La estandarización no es regional, sino mundial: todo el mundo escucha lo mismo. Y dentro de lo mismo, una música que apenas se puede definir como tal. La repetición de acordes, de armonías, de melodías, la inmensa mayoria de las mismas basadas en una estética sonora occidental, es aterradora. La cultura regional ha desaparecido, dejando espacio para una pseudocultura, un deseo de acoplarse a las reglas sociales, económicas y políticas del mundo occidental que dan miedo.