GLOBALE: GLOBAL CONTROL AND CENSORSHIP. Karlsruhe, 2015-2016

Aprovechando la actualidad de la temática sobre uso abusivo de datos y de la importancia de un mayor purismo en el arte, incluyo aquí la traducción al español del texto introductorio a la Exposición Globale: Global Control and Censorship que tiene lugar en el Museo ZKM en Karlsruhe hasta el 01.05.2016. Más información sobre artistas y obras se encuentran en el catálogo adjunto más arriba.

 

En el Pais se publicó también un artículo muy interesante sobre lo políticamente correcto y la autocensura: "La Edad del Oscurantismo" de Rubén Amón

El conocimiento es poder. Pero incluso un mayor poder se encuentra en las manos de aquellos que que dominan el flujo de información. Esto es todavía más patente en la era digital, donde toda la información en la Red puede ser manipulada y monitorizada de forma incontrolada.

El uso de aparatos de comunicación móvil por millares de personas crea una masa inmensa de datos que viaja en segundos de una punta a otra del globo. Antes de que puedan llegar a su destino, estos datos son interceptados por companias privadas y gobiernos que hace uso de ellos para sus propios fines. Estos nuevos modos de comunicación eran considerados hasta hace poco tiempo como la base esperanzadora de una nueva forma de participación democrática. Ahora se ha pervertido su uso para convertirlos en una simple puerte de entrada al control y vigilancia de millones de personas. Quien utilice estos aparatos está siendo utilizado. Esta es la condición previa que todos nosotros aceptamos implícitamente para tener acceso a estas nuevas formas de comunicación.

 

Los smartphones están infectados con spyware y pueden ser usados como micrófonos o cámaras de vigilancia incluso cuando están apagados, sin que sus dueños hayan siquiera consentido a ello.  Nuestros movimientos pueden ser rastreados en cualquier momento. Lo que buscamos en internet, nuestras compras, contactos, aficiones y debilidades son analizados y transmitidos a terceros.  

La vigilancia y la censura van de la mano: no puede existir la una sin la otra. La vigilancia de ciudadanos, instituciones y compañías (incluyendo también políticos, personajes de la vida pública, juristas, periodistas) ha sido una práctica usual de diferentes servicios estatales, ya fuera de forma abierta o secreta. La novedad ahora es que compañías privadas y otros prestadores de servicios hacen suyas estas prácticas, que anteriormente eran solamente una prerrogativa de los gobiernos. Al mismo tiempo, aquellas personas que lo han arriesgado todo para poner en evidencia estas prácticas, incluso aquellas abiertamente ilegales como asesinato y tortura, son perseguidas y castigadas de la forma más dura posible.

 

La importancia de una exposición como la que tiene lugar en este museo  es indudable. Los medios de comunicación informan diariamente sobre estos casos de espionaje y las maniobras para impedir su esclarecimiento. 

Es un hecho innegable que las agencias estatales en la misma Alemania realizana actividades que se encuentran en completa oposición al bien comunitario, social y económico. Y todo ello siguiendo las órdenes del gobierno. Incluso grupos parlamentarios de investigación ven impedidas sus actividades y el acceso a los documentos que podrían ayudar a resolver estos incidentes.

En los estados totalitarios los informantes desaparecen – ya sea por medio del secuestro o incluso el asesinato. Pero el riesgo de que en países como Alemania comiencen a ser acusados de alta traición se ha vuelto una realidad.

Al mismo tiempo que se usan tácticas directas de influencia y castigo, el aparato de vigilancia se sirve del miedo como el instrumento más eficaz. Desde el Olimpo hasta el Antiguo Testamento, en todos los sistemas religiosos y políticos desde la antigüedad hasta nuestros días, la vigilancia siempre se basó en un Dios supremo o Dioses. El control total del individuo comenzó en forma de medida autocensora resultante del miedo. Cuando este mecanismo no funcionaba, los jueces religiosos y legales, en su presunta omnipotencia como representantes de la Deidad, han recurrido a sistemas de espionaje ubícuos para identificar y localizar a todos aquellos que piensan de forma diferente y para legalizar el castigo que habian de recibir.

De esta forma, hasta finales del siglo XVIII, era práctica normal el interceptar la correspondencia y escritos de todos aquellos intelectuales y científicos considerados como sospechosos. Estos documentos eran evaluados y manipulados por la Inquisición de tal forma que se usaban contra la víctima con consecuencias devastadoras. En 1415, Jan Hus fue quemado en Constanza por herejía. En 1600, Giordano Bruno fue también quemado en el Campo drei Fiori en Roma porque denegaba doctrinas básicas del catolicismo basándose en la filosofía naturalista de Aristoteles. No se trataba en realidad de Bruno mismo, sino de dar un ejemplo público que, se suponía, disuaría a otros de publicaciones de similar naturaleza. En 1633, Galileo Galilei, tras ser amenazado con el mismo final que Bruno, se retractó de sus investigaciones científicas, contrarias a la doctrina católica (para la Iglesia católica romana la tierra era el centro del universo, siendo el resto de los objetos celestes meros satélites a su alrededor).

 

Tras el sistema de control nazi, que culminó en la aniquilación de millones de personas, el Gran Hermano de George Orwell se convirtió en la metáfora del pseudo-dios, de la autoridad omnipresente y totalitaria de un estado de control por medio de medios electrónicos. 

Marc Lee, Me

Hoy mismo los escritores y periodistas críticos al sistema y los informadores son tratados como traidores: perseguidos a través de los continentes, amenazados con la prohición de publicación de sus trabajos, con arrestos domiciliarios y prohibición de viaje, con prisión perpetua e incluso con la pena de muerte. Durante la dictadura de Stalin (que no se diferenciaba en demasía a la era anticomunista de McCarthy), millones de personas fueron literalmente cazadas y perseguidas a causa de sus ideas y creencias, encarceladas, torturadas y asesinadas. Otras dictaduras, como la de Franco, Salazar, los regímenes totalitarios de Pinochet, Suharto y Ceacescu, para nombrar sólo unos pocos, fueron capaces de sobrevivir gracias a la vigilancia e intimidación sistemáticas de la población. Lo mismo se puede decir de la DDR, que pudo continuar su existencia hasta 1989 por medio de un sistema de informantes omnipresente.

Al menos desde 1947 la red de espionaje global Echelon operada por los Cinco Ojos (USA, Canada, Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda) se ha especializado en el espionaje del tráfico de comunicaciones de carácter político, comercial y privado, tanto en Occidente como en los estados soviéticos. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial el estado federal alemán ha conocido y sancionado que los poderes aliados en el país controlen de forma sistemática todas las comunicaciones postales, telefónicas y de radio. A la población se le vendió la idea de que era la única forma de oposición al comunismo: hoy en día se vende como la única medida posible en la „Guerra contra el Terror“.

Durante treinta años las redes digitales han permitido la intercepción automática y global, la manipulación y el archivo de toda la información disponible en la Red y el espionaje contínuo de sus usuarios. Las valientes acciones de personajes como Edward Snowden y otros informantes han desvelado estas prácticas desarrolladas tanto en el Este como en el Oeste y que se han implementado de forma generalizada. Software de espionaje es desarrollado con la ayuda de fondos estatales en universidades alemanas y otras prestigiosas instituciones privadas como nueva forma de armamento tecnológico: se trata al fín y al cabo de un negocio lucrativo para muchas compañías alemanas que trabajan para estados totalitarios alrededor del planeta.

Sin ir más lejos podemos tomar como referencia Julio del 2014, cuando la CIA admitió que había manipulado los ordenadores del comité del congreso americano que justamente tiene como finalidad única el control democrático del funcionamiento de la propia CIA. La manipulación incluía el borrado sistemático de documentos que demostraban las tácticas de tortura de la CIA, y que eran el foco de investigación de este comité. 

James Bridle, Drone Shadows

En Alemania, esta vigilancia digital se ha puesto en evidencia tras las revelaciones de que miles de ordenadores del Bundestag y de políticos prominentes habían sido hackeados durante años. Después de que el NSA admitiera que había pirateado el teléfono móbil de Angela Merkel para espiarla, es muy probable que los ataques al Bundestag y esos otros políticos se realizaran (y siguen realizando) por otras naciones. Resulta al menos preocupante que estas acciones en Alemania (realizadas al parecer también por poderes „amigos“) no están siendo perseguidas como se debiera.

 

Durante mucho tiempo los Estados de los Cinco Ojos y otros países se han autootorgado el derecho a espiar otras naciones en todos los ámbitos posibles: militar, económico, social, y a todos los niveles, desde el gobierno a empresas, ONGs y ciudadanos privados. La divisa está clara: si existen las posibilidades técnicas para hacerlo, se hará. Cualquier consideración de tipo ético o legal, de relaciones de amistad entre estados, han desaparecido.

La guerra militar se ha expandido desde hace ya mucho tiempo para incluir el control y manipulación de las redes de comunicación electrónicas. Hemos de tomar como natural que toda información importante de tipo político o económico será interceptada, manipulada e incluso falsificada o distorsionada. Los efectos masivos de tales manipulaciones en las decisiones políticas y el funcionamiento correcto de sistemas tecnológicos fundamentales (transporte público, servicios públicos) podrían ser en el futuro mucho mayores que un ataque con medios convencionales.

Aparte del análisis masivo de los medios de comunicación en las redes electrónicas y la interceptación directa de los datos de personas privadas, otra tendencia está creciendo de forma desmesurada: la censura abierta o clandestina por medio de interferencia, manipulación o el simple cierre de páginas „sospechosas“.

La sensibilización ante estas prácticas tiene como resultado el incrementar un escenario de temor y una censura autoinflingida. Cuando el temor directo de la censura no funciona más, el secretismo se implementa para mantener información importante oculta al público: alejando a los periodistas y controlándolos (aquellos que están integrados en el sistema), evitando la publicación de determinados temas or impidiendo reportajes sobre cuestiones más complejas. La gama de represalias que han de temer estos periodistas, fotógrafos, escritores y directores de cine va desde la intimidación personal hasta la prohibición de ejercer sus profesiones. Se llega incluso al arresto, carcelación, tortura y asesinato. Estas prácticas no se limitan a los estados autoritarios. Muchos otros las ven como un derecho democráticamente legitimado.

 

La excusa mas manida para aplicar la censura es la pérdida de seguridad real o pretendida que surge por la publicación de informaciones. Recientemente también se alega que de esta forma se pueden frustrar futuros ataques terroristas. 

James Coupe, SWARM

„Seguridad“ se ha convertido en un término barato y común con el que es posible justificar medidas autoritarias de cualquier naturaleza para ocultar información, para la vigilancia y el castigo impunes. Que la manipulación del conocimiento y las comunicaciones no sirve al final en muchos de los casos para garantizar la seguridad de los ciudadanos, sino para mantener un poder no legítimo es un argumento denegado con ardor. El término de moda „seguridad“ está en el centro de una nueva industria, inmensa, que hace ganancias absurdas gracias a  los temores que ella misma enciende y propaga. Pero éste tampoco parece ser un tema adecuado de discusión.

 

Hoy en día, nadie puede decir que tenga una idea cierta de todas las posibilidades técnicas para la vigilancia y la censura de las redes electrónicas. Y ningún comité de control, por muy crítico que sea, tiene el conocimiento necesario para entender unas medidas sutiles de vigilancia de gran complejidad técnica. El argumento de muchos políticos en estados democráticos de que el que no tiene nada que esconder no se opondrá a  la vigilancia no es nuevo, ni ha surgido a raíz  los casos de revelación de información de Edward Snowwden y otros informantes. Siguiendo esta argumentación simple, todos necesitaríamos ser vigilados. Pero este es el principio sobre el que los estados totalitarios siempre han trabajado, tanto en el Este como en Occidente.

 

No solamente somos conscientes de la actuación de las agencias estatales. El mismo comportamiento de empresas privadas nos es conocido desde hace mucho: sabemos de su influencia tanto en la esfera pública como en la privada, en decisiones políticas o económicas y en nuestro comportamiento diario.

 

Compañias globales como Google, Facebook, Microsoft, Appel, Twitter y muchas otras se aprovechan de los datos individuales disponibles en todo tipo de redes y de la dependencia informativa entre las diferentes plataformas, el intercambio contínuo de datos. La necesidad de comunicación y  ocio continuos que se ha desarrollado en los últimos años tiene todas las trazas de convertirse en una adicción.

 

Mientras niños pequeños son introducidos en un nuevo mundo feliz de entretenimiento digital para mejorar su desarrollo, su perfil como consumidores futuros es escrutado y analizado de forma implacable. El último proyecto de este sector de la industria es la „Hello Barbie“, una versión parlante de la muñeca de toda la vida a la que los niños hablarán, contando sus secretos y sueños. La muñeca se encuentra conectada a un servidor central del fabricante que analiza y evalúa los datos de esta Barbie espía.  

 

Los consumidores hoy son conscientes de que es imposible realizar cualquier transacción de compra online o incluso reservar un vuelo si no damos primero acceso a nuestros datos. Pero muchos parecemos no ser todavía conscientes de que las ofertas baratas o incluso gratis han dejado de existir. Pagamos con nuestros datos y con el bien más precioso: nuestra privacidad y el robo contínuo a nuestra capacidad de concentración por medio de un bombardeo contínuo de publicidad desde cada página de Internet.

 

Por tanto, el estar en manos de unas autoridades de control y censura omnipotentes parece haberse convertido en nuestra conditio humana, la base de nuestra cultura. De alguna forma somos conscientes de ello pero somos incapaces de resistirnos o de echarnos a atrás. Nos hemos acostumbrado a esta situación, del mismo modo que la presencia de miles de cámaras en nuestro camino al trabajo tampoco nos extraña más. Nos encontramos en el mejor camino para aceptar la vigilancia y la censura como algo natural, del mismo modo que hemos aprendido a aceptar otras condiciones de la vida moderna – el ruido de tráfico, publicidad omnipotente, la polución…y nuestra insignificancia real en la arena política.

 

A pesar de las revelaciones contínuas, gran parte del público se ha resignado, aplastado por la presencia ubícua del estado y la vigilancia comercial. Quizás nuestros nietos sean todavía capaces de preguntarnos en el futuro cómo luchamos contra esta situación: en una sociedad totalitaria tales preguntas ni siquiera serán formuladas.

Marc Lee, Real Time Stories